
Desde que nací mas de alguna bala reventada en la sien de un o una salvadoreño/a me ha sacado de la magia del mundo onírico, dejandome oír llantos desde dentro o fuera de mi puerta, cerca, o mas allá de la esquina, y otra vez una mano salvadoreña le arrebato el alma a uno que dejo de ser salvadoreño/a.
Cuando nací fue la guerra y lo recuerdo como si aún estuviera bajo mi cama abrazado de mi padre y aferrado a la mano de mi madre, como mal pasábamos cada noche para sobrevivir a la balas orientadas, perdidas o lo que fueran, que ejercito y guerrilla vomitaban desde sus fusiles.
algunas de esas veces, solo pude valerme del abrazo de mi padre para quitarme el miedo de aquellas balas, porque mi madre mas de alguna vez con mi hermana quedaron inmovilizadas por los enfrentamientos en casa de la abuela, pero como bien dirán algunos, ¨aquella era una guerra¨, una como tantas otras, con sus razones, posturas, orígenes y objetivos encontrados... en la que tristemente perdió el pueblo salvadoreño y ganó vaya usted a saber quién!.
Yo empezaba mi primer grado en la escuela cuando recuerdo haber visto en la televisión a unos señores/as firmando un documento con el que se acordaba la paz Salvadoreña.
Entre palmas, estrechones de manos y abrazos la paz fue convocada por aquellos/as salvadoreños/as allá en tierras mejicanas, eso fue quizá el quid del asunto; de porque la paz no piso tierra salvadoreña, y aquellos buenos deseos y propósitos tan solo alcanzaron para que ejercito y guerrilla dejaran de ser los protagonistas de la guerra que ahora vive mi país y por la que nos hemos desangrado mas que en doce años de guerra.
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